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de Oscar C. Rohrmoser Volio

Crónica de una Gran Familia

Anexo I

Un viaje difícil

 

El bergantín "Antoinette" zarpó de Bremen el 15 de octubre de 1853

La familia Rohrmoser von Chamier, zarpó de Bremen el 15 de octubre de 1853, en el bergantín "Antoinette" y llegaron a San Juan del Norte (Greytown), el 14 de diciembre de 1853 al anochecer. Don Francisco Rohrmoser von Chamier escribió en 1917 un relato del viaje emprendido desde Bremen, junto con su padre don Julio Francisco Rohrmoser Harder, su madre doña Matilde Von Chamier von Schwieder y hermanos. Desafortunadamente, no se conservaron las tres primeras páginas del relato, que probablemente se referían al barco, sus pasajeros y tal vez alguna anécdota en San Juan del Norte. Algunas de estas cosas se pudieron reconstruir, y la información se consignó al principio. El relato de tío Chico que transcribimos literalmente, dice así:

 

 

Relato de un viaje para la historia

La crónica transcrita también describe, los muy difíciles primeros años de la familia en Costa Rica y por tanto, no hay necesidad de repetir lo que nos cuenta tío Chico. El viaje de los antepasados fue una verdadera odisea, pues zarparon de lugares mucho más civilizados, a un país en sus primeros años de desarrollo, con muy pocas comodidades, con un idioma diferente y otros inconvenientes que superaron ampliamente. Verdaderamente, si nos propusieran hacer esa travesía en la actualidad, para cambiar de residencia y trabajo y sin un seguro regreso, con todo y los grandes avances en el transporte y la tecnología creo que se pensaría dos veces antes de intentarlo.

 

"...y unos 30 trabajadores para la Colonia en Angostura. Entre pasajeros y tripulantes éramos 101 personas, demasiado para un buque tan pequeño y por consiguiente muy incomodo. Sin embargo llegamos justamente después de 3 meses y 15 días a San Juan del Norte. Aquí ya nos recibió el tío von Chamier, quien había traído desde Alajuela, por encargo de von Bülow, para los trabajadores para Angostura, víveres y bestias de montar; además alguna carga muy urgente para un joven en Greytown. En una chalupa de muy regular tamaño con 5 bogadores, después de haber descansado unos 4 días y arreglado víveres etc. para el viaje, zarpamos río arriba el San Juan. Después de buen remar por varias horas entre la fuerte corriente en esta época del año, nos alcanzó uno de los tantos vaporcitos ocupados en el río para el pasaje de tanta gente frecuentando esta ruta para y de California. Ofreciéndonos remolcarnos hasta Hipp's Point frente a la desembocadura del Sarapiquí; nos cobraba 20 dólares, muy caro, pero aceptamos y pronto arribamos al puerto con unos pocos ranchos perteneciente a un joven alemán-americano Hipp, quien tenía un contrato por leña con la compañía de vapores; mientras éstos cargaban la leña cortada, vendía whisky a los buenos marchantes. Con nosotros tanto él como su compañero fueron muy amables, brindándonos esmerada hospitalidad, contándonos de su vida y de lo más interesante de ella, su viaje por tierra de Chicago a San Francisco como miembro de la compañía....., arriesgando tal aventura a tierras enteramente desconocidas, con peligro a morir por algún indio salvaje o de hambre, sed o enfermedad y debilidad.

Pasamos el resto del día y la noche acostados en lechos de caña, por cierto muy duros. A la mañana siguiente, salimos a pesar de aconsejarnos Hipp que era imposible navegar contra la enorme corriente del Sarapiquí a causa de las últimas fuertes lluvias. El tío opinaba lo contrario y después de haber agradecido a Hipp todas sus amabilidades y replicando él: "pronto estarán de regreso acá", salimos y con fuerte trabajo de los bogantes llegamos a la primer vuelta del río, desapareciendo Hipp's Point. Mas pronto nos convencimos que era inútil o imposible progresar y resolvimos regresar, ganando con la fuerte favorable corriente en minutos lo ganado a remo en horas y sonriendo Hipp y su amigo. En la chalupa estaba todo el equipaje de la gran familia y de las dos señoritas solteras, además de una regular factura de paños y casimires, en que mi padre por consejo del tío, había invertido para nosotros una fuerte suma. El anclaje estaba distante del rancho en que habitamos en la altura y tuvimos que correr el peligro de robo y hasta de pérdida total si los tripulantes nicaragüenses escapaban con todo y embarcación. Así, para sacar cualquier objeto necesario había que bajar al río y en uno de estos viajes de mi madre sola, ella cayó espantada por una enorme culebra. Por suerte Hipp, parado en la puerta del otro rancho había visto lo sucedido, corrió levantando de camino un buen palo y mató la enorme, muy venenosa culebra; después nos confesó que ya había matado otras culebras entre los ranchos o cerca de ellos. Naturalmente esto no contribuía a encontrarnos muy a gusto, pero el Sarapiquí con llover día y noche no bajaba y hasta el 5º día daba esperanza de poder vencer la corriente. Ya todo listo, la joven Francisca llorando acercose a mi madre diciendo: "tía (así la llamaba), no me voy con Uds., me quedo con Hipp, quien se casará conmigo". Estás loca Francisca? contestó mi madre, maravillada de tal temeridad de casarse una joven a los 4 días de conocer el hombre y enseguida, como ella acostumbraba con todo y él viceversa, lo contó a mi padre. Este le replicó: "porqué no, Hipp es hombre buen mozo y sumamente simpático, por consiguiente es natural que una joven se enamore de él". Enseguida acercose Hipp a mis padres manifestándoles: Uds. naturalmente deben extrañar tal matrimonio a la carrera entre dos personas a los 4 días de verse por primera vez, pero amo a Francisca, es muy bonita, simpática y estoy convencido de ser feliz con ella y al mismo tiempo de hacerla feliz también, pues tengo la mejor intención; luego la seguridad de poder abandonar dentro de poco tiempo la vida silvestre acá e irnos con un capitalito a los E.E.U.U, mi patria nueva. Entre lágrimas y besos se separó la buena muchacha de nosotros y con Hipp en su cayuco manejado por él, se fueron río abajo donde el primer juez de paz americano para verificar su matrimonio. Nosotros, 8 personas, la joven prometida con von Faber, el tío von Chamier y un sirviente traído desde Stettin, nos acomodamos como mejor se pudo entre nuestra chalupa con su capitán o timonel americano, sin hablar en español más que "caraco, jalen muchachos" y 5 tripulantes nicaragüenses, casi desnudos y sin más palabra en inglés que "Goddemis".

Para entenderse el patrón con los bogantes él primero me hablaba en inglés, pues algo había aprendido yo en la escuela, yo lo traspasaba al tío en alemán y éste en español a los marineros y así viceversa. El patrón y éstos siempre estaban con caracos y "goddemis", porque no remaban con fuerza o porque el timonel no evitaba las fuertes corrientes del río; esto desde aclarando hasta las 9 a.m. y del medio día hasta anochecer, durante 5 o 6 días hasta llegar al muelle de Sarapiquí al fin.

Estábamos sentados en la popa del bote día y noche, solo durante éstas los hermanos pequeños acostados en el piso, así dando un poco mas lugar a los grandes, defendiéndonos contra sol, agua y mosquitos como mejor podíamos. por suerte el amigo de la familia y tío de Francisca nos había aconsejado y obtenido 2 regulares cajas de conservas de carnes, verduras, frutas, galletas, arroz, café, azúcar, etc. y en uno de los ranchos de Hipp amasaba pan una negra americana, del cual habíamos comprado buena cantidad, pero duro como piedra; así comíamos bien, calentando conservas arroz y café para el almuerzo en alguna playita del río, hasta podíamos dar alguito a los infelices bogas y por supuesto el patrón comía con nosotros. Para la cena en el bote se alistaba pan, galletas y alguna conserva propia y el río tenía bebida de sobra. Debo referir que un día navegando cerca de la orilla derecha del río, después de infinitos "jalen muchachos caraco" y verdaderos ajos con goddemis por caminar el bote en evitable enorme corriente, los bogas acercaron el bote tanto y de repente brincaron a tierra buscando defensa tras arboles porque temían bala del revólver del patrón, gritando que no seguían. Que hacer en este apuro? Al fin conseguimos que el yankee tuviera más cuidado al guiar el timón para evitar las fuertes corrientes y al mismo tiempo el regreso de los bogas, pagándoles el doble de lo ajustado por ser tan largo el viaje y tan fuerte el trabajo; la embarcación era grande y muy cargada, pues contenía una enorme cantidad de cajas, bultos, cofres, estibados al fondo casi entero y de buena altura cerca de popa, además 17 personas.

En el muelle pagamos a patrón y bogas y éstos se volvieron río abajo, y nosotros con todos nuestros bultos en tierra, subimos al rancho grande de la guarnición de unos 12 soldados bajo el mando del Capitán Luis Pacheco. Este año después se caso con una hija de don Felipe Arce de Alajuela y portose valientemente en la guerra con Walker. El fue muy amable con nosotros, pero vivía miserablemente y así su tropa, nuestros mozos y hasta las bestias, flacas y debilitadas por las frecuentes perdidas de sangre a causa de los piquetes de los murciélagos y podridas las cinchas y gruperas de las sillas. Pero aun teníamos un resto de nuestros víveres, se repararon los defectos de las montaduras como mejor se pudo para poder montar y salir el segundo día de la llegada.

A papá, mamá y tío les tocaban buenas mulas, también a la niña Emilia, enviada aperada por el novio, a mi un caballo blanco grande de mi primo Francisco von Chamier y tenía que traer por delante el hermanito menor Rodolfo; los otros hermanos tenían también caballos más o menos útiles. Entre estos había una bonita yegua negra para Juana; en el primer atascadero cerquita de la posada, para poder salir la yegua rompió la cincha y la hermana casi desapareció dentro del lodo. Mi caballo, debilitado por falta de comida y sobrante pérdida de sangre, para no maltratarlo mucho, me hizo caminar mas a pié, con Rodolfo siempre sostenido por mi cuando había riesgo de caer; pero un día, enteramente cansado yo, sin ganas de apearme, encontramos un árbol grande caído sobre el camino y con el brinco del caballo rodé con Rodolfo en los brazos al lodazal del otro lado del palo. Oscar, de 7 años, montaba solo una yegüita pequeña y un día pasando debajo de una armazón quedó colgando en un bejuco y la bestiecita pegada en el lodo. El pobre muchachito pronto fue salvado de ahorcarse, pero bien arañado su pescuezo. Como esto sucedió ya casi de noche, lloviendo a cántaros y cerquita de la segunda estación, San Miguel, no se pudo sacar del lodo la bestia y a la mañana siguiente los mozos solo unos huesos hallaron por habérsela cenado el tigre.

La única bestia buena era la mula que había tocado a mamá, siempre adelantándose por querer llegar a su querencia de Alajuela; cuando mi madre quería pararla para ver acercarse la familia, como en lugar de freno tenía un cabresco de crin de la jáquima (!), ella al acercarse a un árbol delgado pegado al camino, daba una vuelta al mecate y así lograba parar la mula. Cada día se pusieron mas inútiles las bestias, por flacas y maltratadas por las monturas, obligándonos a caminar a pié la mayor parte del horrible camino tan largo, generalmente montañoso y muy lodoso, máxime en esta temporada del año tan lluviosa; casi todos los numerosos ríos y riachuelos habían perdido sus puentes; para poderlos pasar frecuentemente había que botar un árbol con inclinación a caer bien, sobre éste los mozos pasaban a las personas y equipajes y a nado las bestias, lo que naturalmente siempre nos hizo llegar tarde a las posadas. Al arribar a la primera, Cariblanco, topamos con un señor muy bien montado, con mozo y bestia de relevo; resulto ser Von Faber, el novio de la joven Emilia. Estos dos siguieron con nosotros hasta donde se aparta el camino a San José del de Alajuela. El penúltimo día después de larga caminata a pié trepando un cerro, enteramente cansados y hambrientos, pues la última noche tuvimos que acostarnos en los tabancos de caña casi sin haber comido en todo el día por haberse acabado lo que habíamos traído; el tío Chamier, sabiendo cerca una cuadrilla de trabajadores para componer o reconstruir un tramo del camino, bajo el mando de un señor Montes de Oca, envió a éste un papelito rogándole facilitarnos algún alimento; efectivamente no muy tardado llegaron con nuestro mozo 2 peones trayendo cada uno un gran balde. El uno contenía tortillas, que ya habíamos visto y también probado en alguna posada, pero el otro contenido nos era del todo desconocido, eran frijoles negros nunca vistos.

No eran muy sabrosos, pues preparados para peones como las tortillas, pero muy apetecidos por el hambre de sus consumidores, la familia y los mozos. A propósito de éstos debo mencionar nuestro Augusto, traído desde Stettin, sumamente voluntario, siempre complaciente, ayudando y haciéndose útil y agradable. Y así siguió con nosotros en el campo, pero echándose a perder una vez cambiados a San José a causa del aguardiente u otro licor más fino de nuestro negocio de hotel. Después de haber almorzado y descansado bien, seguimos para la última posada, de donde el tío mando otro papelito a su amigo Manuel Castro de Alajuela, suplicándole enviarnos bestias por no poder caminar las nuestras. Sin embargo él ordeno a la siguiente mañanita del 18º. Día desde nuestra partida de San Juan d/N., caminar a pié y así topar con la remuda, regañándonos cuando nos sentábamos a descansar; esto causo a mi padre a replicarle:"aquí quedaremos sentados esperando los caballos". El tío, ya de 48 años, era un joven en agilidad y fuerzas, quien no podía comprender nuestro cansancio y debilidad a causa del tan penoso viaje, comiendo y durmiendo mal, etc., pues estaba tan fresco como recién salido de su casa.

Al poco rato llegaron unas personas bien vestidas y montadas, trayendo consigo las deseadas bestias y a cada uno tocó una buena, a mí con Rodolfo un caballo bayo magnífico pero suave. Como a las 2 p.m. nos apeamos en casa de don Manuel Castro en Alajuela, recibidos con verdadera amabilidad por él, su señora doña Gregoria e hijos Leovigildo, Samuel y Benjamín y una hija ya casada, pero viviendo con los padres con su esposo. Pronto esta buena gente hizo olvidarnos las fatigas sirviendo el tío y dos primos, María y Francisco, de intérpretes. Todos comimos y cenamos bien y dormimos de a dos por cama en un gran salón con muchas camas anchas y cortinaje vivo en dibujos de elefantes, camellos, etc. En cierta cama dormían don Manuel y doña Gregoria, en otra la hija y su esposo y las demás las ocupaba la juventud de a dos y sexo. El gran dormitorio era una casa de madera expresamente construida en el solar; por éste pasaba una acequia de buena agua para beber y lavarse las personas y la ropa. La mañana siguiente muy agradecidos por tan fina hospitalidad brindada, nos despedimos para seguir a caballo o en carreta a la hacienda Tacares a medio camino entre Alajuela y Grecia, comprada desde meses por el tío al mismo Sr. Castro con fondos de nosotros, usados en gran parte para comprar bueyes, vacas, caballos, etc. y para preparar el terreno para sembrarlo de maíz y frijoles, pues la finca fue adquirida con buenos plazos.

No recuerdo la fecha, pero nuestro arribo a Alajuela fue en día festivo, es decir o el primer domingo de Enero de 1854 o el 6, día de los reyes. La casa de la hacienda Tacares era bonita, de dos pisos, construida toda de madera algo rústica del país. Abajo había 2 grandes dormitorios para cada una de las familias Chamier y Rohrmoser; los papás tenían cuartos arriba y el primo Francisco y yo dormíamos sobre un cuero en un rincón del corredor del alto, al lado sur y oeste; abajo también había un amplio corredor al que seguía la cocina bajo techo aparte. Ya anocheciendo el día de nuestra entrada a nuestra nueva residencia fui a pasear con el primo Francisco a un potrero cerca de ella; vimos un animalito pintado de negro y blanco, creyendo que era un monito, yo para cogerlo con mucho ánimo me quite la larga leva o saco y logré tapar el monito. Mas enseguida sentimos un horrible hedor y el primo exclamó: "es un zorro hediondo, suéltalo". Por supuesto obedecí, pero en mi vestido quedó el hedor, a pesar de tenerlo al sol durante meses y perdióse.

He estirado quizás demasiado nuestro viaje desde el puerto hasta acá, pero las circunstancias lo causaron y gracias al acompañamiento del experto tío con todo lo habido, hemos pasádolo mejor que las demás familias sin ayuda de nadie, padeciendo de niguas y piquetes de insectos, hasta de hambre. La de Golcher vivía días enteros de las lapas y loras cazadas por el papá, llegando en pura miseria a San José. A los trabajadores de la Colonia en Angostura comparativamente les fue bien, porque el Barón von Bülow los trajo y había preparado lo necesario. Me causa sonrisa al oír quejarse recién venidos vía Limón del largo fatigable viaje por ferrocarril, aun antes en mula de Puntarenas, comparándolo con los viajes desde San Juan d/N. Por esta vía también se importaba la mercadería fina arribada a este puerto del Atlántico con la Mala Real Inglesa, luego en bongos hasta el Muelle del Sarapiquí y de allá a San José en lomo de mula o de ciertos bien fuertes cargadores a pié, generalmente de Alajuela. Así nos llegaron semanas después los bultos dejados en el Muelle, pero el contenido de varios enteramente podrido, vestuario de nuestro tío. Los paños y casimires que habíamos traído con nosotros, llegaron bien y bien los vendió el tío a los Sres. Marcelino Pacheco y Eduardo Aymerich en la capital.

A la mañana siguiente, primera en Tacares, el tío llevó a papá, mamá y a mí a enseñarnos la finca, nuestra propiedad. El terreno muy largo pero angosto entre los ríos Prendas y Tacares iba subiendo poco apoco; la mayor parte era montaña virgen o charrales. Nos enseñó un frijolar ya sembrado por él, de más o menos una manzana pero conteniendo solamente a gran distancia entre una y otra alguna infeliz mata de frijol, luego el cañal de unas 4 manzanas a orillas del río Tacares y ya muy distante de la casa. La caña estaba en buen pié, alta y gruesa, pero notáronse muchos daños causados por el ganado y puercos pertenecientes al vecino del otro lado del río. Al preguntar mi padre porqué no se cerraban las cercas para impedir la entrada de animales, el tío replicó: "es obligación del vecino". Luego vimos una gran roza para maíz y frijoles para sembrar al entrar las lluvias; pero el todo desanimó a mi padre y dijo al tío: "no veo la posibilidad de que esta finca nos proporcione la subsistencia de nuestras dos familias grandes". Debo observar: mi padre, nacido y criado en el campo, luego como agrimensor, conociendo terrenos, etc., bien podía calcular su verdadero valor para la agricultura. El tío opinaba aumentar la roza y mientras daba cosecha produciría bien la caña; él había adquirido de su amigo y compadre don Saturnino Tinoco dos pesos por quintal de dulce para la fabricación de aguardiente y él además haría buenos enteros de dinero ganado como agrimensor.

Seguimos pues juntas las dos familias en la mejor armonía; una semana guiaba casa y cocina la tan buena tía Augusta con sus tres muy bonitas hijas, la otra mi mamá con Juana y Antonia y manejando las 8 o 10 vacas lecheras la prima María (de mi edad) ayudada por sus hermanas y primas. El primo Francisco (de 1 año y pico menor) y yo éramos boyeros o carreteros, trayendo la leña de los rózales al trapiche movido por agua y teníamos que levantarnos aún oscuro para hallar y hacer llegar los bueyes al patio. Estos los había adquirido el tío de la finca Poás de don Ramón Carranza a razón de una onza o 17 pesos cada uno; eran grandes y bien formados, pero enteramente cimarrones; costaba mucho cogerlos y enyugarlos con un buey manso, razón porque eran tan baratos aun en aquel tiempo, porque una buena yunta valía de 4 a 6 onzas. Para utilizar los desperdicios de la caña tío había adquirido un gran número de puercos, pero como casi nada había con que mantenerlos, daba lástima verlos tan flacos.

Pasaban las semanas y meses gastando mi padre su dinero en peonaje e indispensables gastos para las dos familias sin ver entrar un real, pues la caña aun no estaba de corte. Todos los Chamier, ya más de 2 años en el país, naturalmente hablaban bien el español y los hijos aun entre sí, y nosotros sin saber ni tener posibilidad de aprender, lo que nos causaba mucho desagrado; pero así fui mandado un buen viernes a San José para comprar sábado las papas y demás verduras etc. y traer dinero vencido de los paños y casimires. Mi madre me encargó pintar al Dr. Hoffmann nuestra fatal posición y rogarle auxilio para salir de ella. Fui a caballo a casa del doctor y recibido por él y su esposa con toda amabilidad y pronto les conté que íbamos a perder lo que aun teníamos de capital y quedar arruinados, agregando que papá ya había desesperado, sin valor para dar los pasos necesarios para encontrar una posibilidad de cambiar la suerte. El doctor me contestó: "aquí hay un señor paisano, soltero, con un hotel y ganas de venderlo para irse a California; este negocio sería el único con el cual Uds. podrían obtener mantención y aun mas". Pero doctor, le contesté, "figúrese Ud. a mi padre de hotelero" (mi padre conversando sobre los diferentes modos para ganar la vida, había opinado ser la peor ocupación la de un hotelero, por ser siempre el criado de todos). El doctor replicó: "su padre llevará las cuentas, para lo cual es sumamente apto y el hotel la maneja su madre, que es muy practica y Ud., quien pronto va a cumplir 18 años ...... además no hay remedio u otro modo para no quedar enteramente sin recursos.

Regresé a Tacares y pronto me llamó mi mamá aparte preguntándome lo que había dicho el Dr. Hoffmann; mencionándole la compra del hotel, me contestó: "pero Franz, figúrate a papá de hotelero!" y yo le conté lo que había dicho el doctor. Pronto mi madre hizo señas a papá de pasear con ella, pues en la casa no podía hablarle sin oírlo todos, máxime porque papá ya era sordo y aun la ayuda de un instrumento de lata que mucho aumentaba la voz, había que hablarle algo durito. Ya estando distante con él, mi madre le contó mi conversación con el doctor y lo primero que él contestó fue: "pero mamá, figúrate yo de hotelero". Mas ellos después de pocos días fueron a San José, apeándose también en la casa de Hoffmann y ayudado por él, se le compró al Sr. Emilio Müller su hotel, es decir sus muebles y demás enseres, en 1,200 pesos al contado, prestándonos el buen paisano von Schröter algunos cienes para poder dar toda la suma y aun quedar algo para principiar. La ama de llaves era Guillermina Steffens y ella, que ya conocía bien el negocio, quedo con nosotros hasta casarse con el armero Schäfer, muerto en la guerra contra Walker del cólera; con él el barón von Bülow y von Stülpnagel, regresando bien don Guillermo Witting, edecán del presidente Mora y Rodolfo Quehl, ayudante de Bülow y enfermo el Dr. Hoffmann desde entonces. Nuestro hotel estaba en casa de don Ramón Molina, comerciante en géneros y su alquiler valía 40 pesos por mes. Tenía salón de visitas, que daba a la calle, un salón grande de comedor, otro más pequeño, 6 pequeños cuartos para pasajeros y escaso lugar para la familia y demás personas. La casa la compró años después don Francisco Echeverría, la reformó mucho por dentro y en ella nacieron los tantos hijos que tuvo con su esposa la honorable dama Juanita, hija del muy célebre, inteligente político, primer comerciante y capitalista don Vicente Aguilar. El frente de la casa quedó más o menos como estaba y así la adquirió años después don Justo Quirós, quien la boto para edificar una nueva de 2 pisos muy hermosa, enfrente a la del General don Luz Blanco, después de don Rafael Alvarado y hoy como antes de 60 y pico de años, cerca de la iglesia del Carmen.

Tomamos posesión de ella con hotel a principios de mayo de 1854, abandonando del todo la finca Tacares, pero quedando en ésta la familia von Chamier, enterrando lo que don Luis ganaba como agrimensor hasta convencerse ser inútil y retiróse a vivir en Alajuela. Hoy por hoy solo muy pocos descendientes viven de esta gran familia, que son 4 hijos de don Salvador Lara casado con mi prima Ana v.ch. y 2 hijas con nietos del primo Enrique von Ch., mientras que los de la familia mía llegan a 62. Todos los Chamier descansan en el cementerio de Alajuela excepto los hijos Francisco y Enrique. Como negocio no nos fue muy bien el del hotel con los precios tan bajos y al fin poca vida. Por hospedaje entero mensual, es decir comida, cuarto, ropa de cama, alumbrado, servicio, etc. se pagaban (o no) 30 pesos, por día uno y cuarto, la comida por mes 20 pesos, cada una 4 reales, el almuerzo 3 reales. Papá llevaba las cuentas, mamá la cocina con lo tocante a ella y arreglo de cuartos etc. etc. y yo el hotel. Los dos nunca aprendieron el español, sin embargo mi mamá con su modo de expresarse, causándonos sonrisa, hacia entenderse con los sirvientes; en lo demás a ella sirvieron las hermanas y hermanitos. Estos inmediatamente a nuestra entrada a San José fueron mandados a la escuela y era admirable cuan breve hablaron español, creo no equivocarme, después de una semana ya hablaban muy regular, cuando las hermanas y yo - nada. Sin embargo, como la necesidad nos obligaba a aprender, en pocas semanas ya podíamos entender y hacernos entender. A mí me tocó manejar el comedor, la cantina, cobro de cuentas y todo lo que necesitaba el idioma del país.

En 1857 adquirimos del Dr. don José Ma. Montealegre su hermosa gran casa 2 pisos, en que hoy, en nuevo edificio de un solo piso, está la ferretería de don Pablo Rodríguez & Hno., en 10,000 pesos con larguísimos plazos, pero reconociendo el 12% anual. En la cantina, 2 salones y otro con billar, se reunía casi todo el público amante de tales distracciones, y natural es, yo aprendí así bien las circunstancias de entonces, hasta toda la guerra contra Walker en Nicaragua; gustosamente me hubiera juntado con jóvenes amigos para tomar parte en ella, pero prohibiéndoseme por no abandonar a mi padre sin saber jota de español. Sin embargo en 1858 tuve un disgusto con él, saque mi caballo y fui a Puntarenas para encontrar allá un modo de vivir y pronto lo obtuve. Puntarenas ya había yo visitado muy a la ligera en 1855, era puerto libre de vivo comercio y navegación. Las casas por mayor, importadoras de mercaderías en velero ingleses de la casa Wm. Le Lacheur & Son - Londres y uno u otro de Hamburgo, era Eduardo Beeche & Co., Crisanto Medina, Juan Knöhr & Hermano, Enrique Brencker, Juan Bonnefil y otras que no recuerdo; el comercio del interior y de la costa centroamericana se surtía con estas casas. El hombre más querido, verdadero padre de Puntarenas, era don José Ma. Cañas, pero en 1858 era ministro en San José; doña Andrea, madre del Licdo. Andrés Venegas y hermanos era también verdadera madre o hermana de todo extranjero en desgracia. El comercio por mayor residía en la calle del Estero entre la plaza Victoria y la Punta, entonces solo pocos metros del mar; los pequeños veleros costeños andaban dentro del Estero, los grandecitos, digamos de 300 a 500 toneladas de registro, un poco mas afuera del anclaje hoy de los vapores. No existía muelle, en lanchas con velas y remos se hacia el embarque y desembarque a y de las bodegas juntas a las casas de comercio; con marea favorable y con solo 13 cargadores (de café a 2 sacos juntos se vencía toda la importación y exportación. En el punto llamado verdaderamente Angostura había un resguardo para evitar el traslado de mercadería al interior, decomisando lo que encontraba. Se despachaba en carretas y aun en mulas de carga los bultos al interior, previo registro de la aduana en La Garita (acabada la franquicia del puerto, después de haber caído el gobierno del Presidente Juan Rafael Mora) y construida y arreglada una verdadera aduana, que liquidaba derechos al desalmacenar la mercadería, sea para el consumo del puerto y sus alrededores, incluso el Guanacaste, o para cualquier punto de la meseta entre Cartago y Alajuela. Su administrador fue don Gregorio Escalante y su oficial mayor don Juan Vicente Marchena. El edificio era de 3 pisos, ocupándose el 1º. de bodega, el 2º de oficina y el 3º de habitación del Administrador y familia, situado frente al aserradero de don Pedro Canale. En frente de la Aduana y también a la máquina de don Enrique McAdam estaba la casa de 2 pisos del Inglés Allan Wallis, quien recibía gran parte de la cosecha de café para embarcar; donde hoy está Pedro Canale había otra casa de alto, con bodega abajo de Wm. Le Lacheur & Son, en donde se consignaba la demás del café para Londres y donde vivía durante cada verano don Juan Le Lacheur para embarcarlo en los veleros propios y fletados y recibir de éstos las mercancías traídas para entregar a la aduana. La cosecha de café aun no llegaba a 100,000 sacos, venia en carreta (pocos sacos en mulas). El flete de tierra comenzaba con 1 ¼ peso por carga y el del puerto a San José desde un real la arroba hasta un peso en años extraordinariamente lluviosos. El flete de mar por veleros o vapor de la Pacific Mail Steamship Co. "Columbus" era de 5 a 7 libras esterlinas por tonelada inglesa; el café valía 7 u 8 pesos el quintal; el flete de mercancías creo que era algo más bajo. Acabada la franquicia de puerto y la plaza para ventas por mayor fue San José; una u otra casa tenia sucursal en Puntarenas, así la de Le Quellec que estableció don Guillermo Dent, comprando casa y negocio de Allan Wallis; éste con los Sres. Aguilar, Montealegre, Joy & von Schröter y otros establecieron el primer banco de San José, que después fue el Anglo Costarricense en el lugar que aun hoy está en su nuevo y hermoso edificio; y a pesar de la triste experiencia pocos años antes de don Cristiano Medina con su Banco con todo y la protección del Gobierno de Juan Rafael Mora, por ser mal vistos los citados comerciantes, quienes al recibir un billete, por ley obligado a recibir, siempre lo mandaron al banco para cambiarlo por oro, a que Medina estaba obligado poniendo a éste, que era hombre violento, rabioso por tal abierta oposición y - - - - se acabó su banco.

La prolongación de la calle del Estero, de la plaza Victoria al Este, fue ocupada en sus lados por casas y casitas, todas de madera del país, solo 3 o 4 de 2 pisos, ocupadas con habitaciones o tiendas al menudeo. El único hotel en la de 2 pisos y esquina ocupada hoy por Magri, en 1855 fue manejado por doña Narcisa de Ladanber, en 1858 por un danés Brix. Hubo abundancia de ostiones de muy regular tamaño y finísimo gusto, de sabor rico, pero los bancos fueron destruidos, cubriéndolos con yerbaje seco en mareas bien bajas, para así arrancar con más facilidad los ostiones para semana santa, -triste pero verdad. Fuera de la calle del Estero solo una u otra casita había, lo demás eran ranchos, lados y techos de cañas y hoja seca.

La población había pasado un poco de un mil, en su mayor parte chiricanos y nicaragüenses, muy pocos del interior de Costa Rica, por temer, y con razón, las malignas fiebres o dañinas calenturas. Sin embargo durante los veranos venían muchos visitantes del interior a caballo y familias enteras en carretas, gastando 4 a 6 días de ida o vuelta, pero considerando como placer los sesteos, preparando las comidas, bañándose en los ríos y luego en la playa, hasta quedándose viviendo un par de días en sus carretas bajo buena sombra de algún solar en Puntarenas.

La comunicación por correo entre ésta y la capital no dejaba que desear en el verano, pues el posta saliendo en su mula a la 1 p.m. llegaba a las 6 a.m. del siguiente día con dos relevos en el Alto del Aguacate y Esparta. En recio invierno llegaba 10 y 12 horas más tarde; el camino a veces era casi intransitable. Yo en Octubre de 1855 salí en buena bestia temprano y llegué a Atenas donde mamá Minga (un rancho) a la 1p.m., antitos del aguacero; el segundo día apenas a San Mateo, el 3. a Esparta y hasta el 4. día al puerto. Carretas ni podían caminar y quedó interrumpido todo trafico hasta llegar al excelente ingeniero don Verano, quien pronto reparó todo el camino y entonces en día y medio se hacia el viaje a caballo. Después de haber permanecido en Puntarenas unos 6 meses como dependiente de comercio, a consecuencia de frecuentes instancias de mi madre y ofrecimientos de mi padre a ella, de entregarme toda la gerencia del hotel, regresé; todos estaban aburridos de la vida de hoteleros y con ganas de cambiarla; esto se logró en 1859 vendiendo el hotel a un señor Fröhlich y comprando una finca de café muy cerca de Heredia y por supuesto aquí tuve que manejar los peones, sin poder abandonar a la familia para emprender algo propio y para poder adelantar.

En 1863 acepté donde don Francisco Kurtze, Director Ingeniero de Gobierno, como Inspector de caminos, con obligación de visitar el trayecto entre Cartago y La Garita dos veces cada semana, dirigiendo a los guarda caminos con sus respectivas peonadas y hacer mis informes verbales y escritos. Otro Inspector tenía el trayecto de La Garita a Esparta o playa Puntarenas y puedo asegurar que con este sistema y escogidos mandadores guarda caminos, vigilando y visitando Kurtze, acompañado del respectivo Inspector toda la distancia, criticando lo hecho y ordenando lo que había que hacerse, hubo realmente buenos caminos con gastos módicos. Yo tenía a mi disposición una buena mula y tres buenos caballos y me quedaba tiempo para la hacienda, pudiendo traducir mis hermanitos

Oscar y Rodolfo las órdenes de papá al mandador. Para Ernesto no hubo porvenir en la finca, pues no le gustaba la agricultura. De 16 años colocóse en la botica del Dr. von Frantzius en San José (el Dr. Hoffmann había muerto después de larga enfermedad). Más tarde entró donde Enr. Brencker (hoy W. Steinvorth & Hno.), y luego con don Guillermo Dent en Puntarenas, en donde progreso; casóse con la Srta. Deidamia Carranza y nacieron sus hijos Oscar, Elena y Amelia; en 1880 se mudó a la capital como representante de Wm. Le Lacheur & Son. Oscar y Rodolfo tuvieron la suerte de aprender algo con un buen maestro de la escuela del Sur de Alemania, quien estuvo largos años como tal en Kurlandia (Prusia alemana) economizando muy modesto capitalito y figurándose que sería suficiente para emprender y progresar como agricultor en Costa Rica. Para aprender antes de comprar aceptó la muy modesta oferta de mi padre de enseñar a los 2 hijos de 13 y 11 años y a Enrique y Gregorio von Chamier de iguales edades, remunerándole con una pequeña mensualidad, comida y habitación. El buen hombre quedó con nosotros como 1 ½ año, luego se fue a Chiapas de México, pareciéndole más ventajoso para adquirir la deseada finquita de café, murió allá sin ella.

Nuestra ya bautizada hacienda Alemania era buena, pero pequeña para mantener una familia grande y producir más. Yo me figuraba que podría adelantar con carretas y bueyes entre San José y Puntarenas y mi padre, gustándole mi plan, ofreció fiarme para conseguir el dinero necesario. Me facilitó así 1200 pesos don Manuel Mora al 1% mensual, compré bueyes y carretas, alquile un buen potrero en el Desmonte y pronto se efectuó el primer viaje con remuda en Desmonte; seguí viajando apenas permitiéndolo la bueyada, trabajando duro, frecuentemente como boyero por haberme enfermado o ido algún mozo, pero siempre de envidiable salud, sin dañarse ni clima, ni sol, agua o mala comida y dormida. En el invierno el tipo de flete era alto, principalmente por bultos incómodos y pesados, como maquinaria; en un cierto viaje redondo en Octubre con la del cuño gasté 18 días y también quedó inútil toda la bueyada por largas semanas. El flete a un peso por arroba me había ilusionado. Por Abril 1865 acepté la colocación de administrador de las haciendas de café de la firma Joy & von Schröter, con residencia en la principal de Curridabat, con lechería a la suiza y cien pesos mensuales; ya pudieron Oscar bien ayudar a papá, vendí como se pudo lo que quedaba de bueyes y carretas y pagué a don Manuel Mora. Me gusto mi nueva posición, pero solo duró un año porque se fue para Europa von Schröter, quien siempre había manejado las fincas."

 

 

 

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